Miguel, manda a Alba a hacer
los deberes cada tarde y sale a la parte
trasera del jardín con Lilith.
Alba esta pérdida entre ecuaciones; números y letras que no consigue
entender. Las letras son letras y los números
sólo números -se dice-.
Alba, entre sollozos y lágrimas baja apresuradamente las escaleras
para preguntarle a su padre que
es exactamente lo que tiene que hacer con esa combinación de letras y números que para ella no tienen sentido.
Lleva un cuaderno azul en la mano y un bolígrafo en la boca.
Entra en el salón, tropezando con la alfombra y dejando olvidado el bolígrafo
en el suelo.
Comprueba a gritos que su padre y Lilith
no estan. Va hacia la cocina, absorbiéndose
los mocos y degustando el sabor de sus
lagrimas saladas, tampoco logra encontrarlos ahí. Abre la inmensa cristalera de la cocina,
no sin antes limpiar su rostro en la manga de la camiseta. La puerta
da a la parte trasera de un precioso
jardín, que su madre cuida cada día con mimo y esmero.
A Violeta le apasionada la
naturaleza y sobre todo las flores, sale con las niñas al jardín a menudo a recoger la hojarasca y los hierbajos dañinos.
Remueven juntas la tierra disfrutando de
su penetrante olor, plantan flores de todo tipo e incluso aprenden cosas
sobre cada una de ellas.
Violeta pasa muchas tardes enseñando a las niñas los secretos de las flores.
Adora las Dalias, dice que son las flores más honestas que existen, confirma que puede sentirlas y ellas pueden escucharla. Los enormes rosales también son n especiales para Violeta, podados
con mimo, parecen ofrecer una respuesta inmediata a sus dulces manos.


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