¡Por fin es martes!
No me preguntéis por qué, pero el caso es que cada martes se convertía para mi en día diferente.
Mi primo trabajaba en Tannenhof y tenía fiesta los martes, y yo en una pizzería cerca de Nuremberg. Cada tarde de martes mi primo venía a Nuremberg y nos poníamos hasta el culo de heroína, para mi primo era fácil conseguirla, se movía mucho por la ciudad y sabía lo que compraba en todo momento.
Aquella tarde de martes mi primo no libró en la heladería y fue entonces cuando me di cuenta lo mucho que necesitaba a mi querida amiga, hasta entonces nunca hubiera dicho que estaba enganchado. Decidí ir yo a Langressta, y comprarla yo mismo. Sabía de un tío que en alguna ocasión le había vendido a mi primo.
Llegué a Langressta y no estaba Luiggi el italiano que en ocasiones suministraba la heroína a mi primo, así que decidí esperar tampoco es que tuviera otra cosa que hacer hasta el día siguiente ya que mis camisas blancas ya estaban en la lavadora.
Al cabo de unas dos horas apareció y le dije:
_ Venga va, ¡ Véndeme algo!.
Me dijo que no que estaba de mono y que lo que llevaba era sólo para él. Pero en menos de media hora lo había convencido para que me invitasé a un par de rayitas de las suyas. Entramos en el baño de un autoservicio de comida rápida, Luiggi preparó unas flautas de la hostia, yo estaba nervioso, la necesitaba en esos momentos más que nada. Recuerdo vagamente como mis piernas comenzaron a temblar en cuestión de unos minutos tras la segunda raya y como me miraba Luiggi, a la vez que me dejaba ahí tirado en el baño. Permanecí tirado en el suelo al menos un par de horas, que yo recuerde y cuando logré ponerme de pie todavía con un temblor increíble en las piernas, llegué a casa de la tía con la que vivía, Sabina.
Sabina era alemana, la había conocido un par de semanas antes en la pizzería y hablando de mi situación económica en esos momentos, pues me fui a vivir con ella. Sólo tenía que darle sexo, y ella sólo tenía que lavar mis camisas en su lavadora cada noche para la mañana siguiente.
Entre en su casa y le dije;
_ Sabina, me voy para la cama.
_ ¿Cómo que te vas para la cama?
Me dijo en tono despectivo.
_ ¿Qué te pasa estas malo?
_ No estoy malo, déjame me voy para la cama.
El mundo parecía diferente, el cansancio era sobrecogedor y me acosté. En media hora apareció Sabina en la habitación, completamente desnuda, y se metió en la cama. Comenzó a meter su mano en mi entrepierna, buscando lo que yo tenía obligación de darle.
Yo venga a quitarle la mano, en realidad mi miembro no notaba ni su presencia, una y otra vez Sabina intento su cómetido pero no hubo manera. Al final cogió un rebote de la hostia y se levanto de la cama gritando.
_¡Eres un impotente!.
Nada no le hice caso, pero Sabina no podía dejar las cosas así y volvió a entrar en la habitación. Después de pegarme la charla durante un buen rato me levanté y le dije;
_ Yo soy un impotente, pero tu eres una puta.
No me preguntéis por qué, pero el caso es que cada martes se convertía para mi en día diferente.
Mi primo trabajaba en Tannenhof y tenía fiesta los martes, y yo en una pizzería cerca de Nuremberg. Cada tarde de martes mi primo venía a Nuremberg y nos poníamos hasta el culo de heroína, para mi primo era fácil conseguirla, se movía mucho por la ciudad y sabía lo que compraba en todo momento.
Aquella tarde de martes mi primo no libró en la heladería y fue entonces cuando me di cuenta lo mucho que necesitaba a mi querida amiga, hasta entonces nunca hubiera dicho que estaba enganchado. Decidí ir yo a Langressta, y comprarla yo mismo. Sabía de un tío que en alguna ocasión le había vendido a mi primo.
Llegué a Langressta y no estaba Luiggi el italiano que en ocasiones suministraba la heroína a mi primo, así que decidí esperar tampoco es que tuviera otra cosa que hacer hasta el día siguiente ya que mis camisas blancas ya estaban en la lavadora.
Al cabo de unas dos horas apareció y le dije:
_ Venga va, ¡ Véndeme algo!.
Me dijo que no que estaba de mono y que lo que llevaba era sólo para él. Pero en menos de media hora lo había convencido para que me invitasé a un par de rayitas de las suyas. Entramos en el baño de un autoservicio de comida rápida, Luiggi preparó unas flautas de la hostia, yo estaba nervioso, la necesitaba en esos momentos más que nada. Recuerdo vagamente como mis piernas comenzaron a temblar en cuestión de unos minutos tras la segunda raya y como me miraba Luiggi, a la vez que me dejaba ahí tirado en el baño. Permanecí tirado en el suelo al menos un par de horas, que yo recuerde y cuando logré ponerme de pie todavía con un temblor increíble en las piernas, llegué a casa de la tía con la que vivía, Sabina.
Sabina era alemana, la había conocido un par de semanas antes en la pizzería y hablando de mi situación económica en esos momentos, pues me fui a vivir con ella. Sólo tenía que darle sexo, y ella sólo tenía que lavar mis camisas en su lavadora cada noche para la mañana siguiente.
Entre en su casa y le dije;
_ Sabina, me voy para la cama.
_ ¿Cómo que te vas para la cama?
Me dijo en tono despectivo.
_ ¿Qué te pasa estas malo?
_ No estoy malo, déjame me voy para la cama.
El mundo parecía diferente, el cansancio era sobrecogedor y me acosté. En media hora apareció Sabina en la habitación, completamente desnuda, y se metió en la cama. Comenzó a meter su mano en mi entrepierna, buscando lo que yo tenía obligación de darle.
Yo venga a quitarle la mano, en realidad mi miembro no notaba ni su presencia, una y otra vez Sabina intento su cómetido pero no hubo manera. Al final cogió un rebote de la hostia y se levanto de la cama gritando.
_¡Eres un impotente!.
Nada no le hice caso, pero Sabina no podía dejar las cosas así y volvió a entrar en la habitación. Después de pegarme la charla durante un buen rato me levanté y le dije;
_ Yo soy un impotente, pero tu eres una puta.
En media hora me encontraba durmiendo en un banco del metro, con mis maletas por almohada, y otra vez sin lavadora.
Lilian, junio 2011


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