La vida es muy corta para vivirla con remordimientos se dice para sí mismo Óscar Karasnikov a la vez que se formula interiormente una pregunta; “¿Quién no tiene remordimientos?” .
Fría es su noche y extrema su soledad, tras un nuevo atardecer sombrío, se descuelgan los bandazos del final de un día más, en uno de sus menos días en Moscú.
En el verano de (1969) Iván Karasnikov decidió pasar sus vacaciones en Pontevedra al Noroeste de la Península Ibérica, en la pequeña localidad de Cangas del Morrazo. Había decidido realizar éste viaje con la intención de descansar, darse una tregua en su vida vacía incluso de problemas y por qué no conjeturar con sus propios ojos, la ciudad de la que tanto había oído hablar de niño.
Carmen, su abuela materna, partió a Alemania siendo adolescente por motivos laborales, pero había nacido en Pontevedra. Y pasase el tiempo que pasase, Carmen, jamás dejaría de avivar el recuerdo de su querida ciudad natal.
Desde que Iván era muy niño, Carmen, se había encargado de alimentar con pequeñas historias y con grandes recuerdos el interés de Iván por conocer la ciudad.
Iván tenía todo planeado con respecto a realizar ese viaje, era una persona de costumbres rutinarias, la monotonía de una vida entre las cuatro paredes de una oficina, lo habían convertido en un hombre solitario y de pocas palabras.
Iván no quería dejar nada en el tintero de los recuerdos que minuciosamente y con muchos años de escucha su abuela, se había encargado de introducir en su cabeza. Iván sabía más leyendas e historias gallegas que de su propia Moscú.
Antes de partir hacia su destino Iván ya había preparado un itinerario de lo que quería ver, hacer o simplemente no hacer, ni ver. Por el día tenía pensado recorrer todos los encantos de la bella ciudad, observar el caminar de sus gentes, percibir cada uno de los aromas que impregnaban la localidad y que en muchas ocasiones había creído percibir gracias a su nana. Recorrer sus playas y dejarse cautivar por la belleza de lo que la madre naturaleza había dejado allí en un estado salvaje de los más puro y digno, era uno de sus principales deseos.
De niño Iván solía recorrer mentalmente las playas de Cangas, imaginaba que eran de un blanco inmaculado y sus arenas tan finas que se podía sentir la paz y la tranquilidad de la que su abuela le hablaba, al caminar descalzo sobre ellas.
Iván llegó a Cangas del Morrazo la noche del (24 de agosto de 1969) coincidiendo con las fiestas Del Cristo, que tendrían lugar el último domingo de ese mes. Llegó al hotel “Mirador” situado en el casco histórico de la ciudad entre pequeñas calles estrechas y para él dotadas de un aire misterioso. Se instaló en la habitación (602) advirtiendo cada detalle de ésta, cada rincón de la misma lo devolvía a su niñez a través de las palabras de su ascendiente.
Apresuradamente telefoneó a recepción y pidió que le subiesen la cena a la habitación, el viaje había sido largo y quería descansar para aprovechar al máximo su primera mañana en Cangas. Degustó su primera caldeirada de pescados descubriendo, poco a poco, cuando comía merluza o cuando lo que tenía entre sus dientes era un trozo de rape, saboreando el albariño - diciendosé a sí mismo que era el mejor de los vinos blancos que hasta entonces había probado. Apenas le quedaba apetito, pero no podía dejar sin probar esa especia de tortilla cubierta con salsa naranja, que reposaba en el plato. Miró en la nota, que le habían subido y comprobó que eran filloas, algo que en realidad no le gusto mucho, puesto que si hubiera prestado más atención hubiera leído que estaban recubiertas de mermelada de melocotón, fruta que desde niño Iván no había consentido comer.
Quedó satisfecho tras la cena pesé a que el postre no había sido para nada de su agrado, cerró sus ojos entre la calma y la paz del momento y se dejó llevar en sueños por la magia del instante.
El primer amanecer de Iván en Cangas del Morrazo, daba su pistoletazo de salida a las siete cuando un bullicio tras las puertas de su habitación, le devolvía a la realidad. El grupo de adolescentes de Zaragoza de la habitación contigua, llegaba después de una noche de regodeo por la localidad.
El día comenzó con los gritos a los cuales no estaba acostumbrado. El día despuntaba entonces con lo que para él era algo diferente a lo habitual. Ese día no tendría que vestir con traje y corbata, no tendría que entrar en una oficina, con cara de personaje de cuento de terror y sentarse en su despacho para tan sólo firmar papeles o pararse a pensar en la causa de su soledad y de su vida vacía. Tampoco tendría que escuchar el murmullo de sus empleados cuando éste entrase por la puerta, dirección a su despacho. El día pintaba bien, para Iván Karasnikov.
Así que se calzó los vaqueros que sólo utilizaba los domingos, cuando bajaba a comprar el periódico y una barra de pan a ser posible muy cocido. Se vistió una camiseta en azul marino y unas deportivas blancas, y bajó a la cafetería del hotel a tomar su desayuno, eufórico como chiquillo con zapatos nuevos.
A primera hora de la mañana, había previsto visitar Las Islas Cíes a la entrada de la ría de Vigo. Una vez allí, observó entusiasmado un conjunto de playas, fauna y parques naturales de lo más bello; sin acreditar como parque natural por aquel entonces.
Con el paso de los años Las Islas Cíes se convertirían en una parada obligatoria, entre comillas, para la mayoría de las personas que visitasen Pontevedra.
La mañana estaba iluminada por un precioso sol que hizo posible que Iván pudiera ver hasta tres faros diferentes desde la Isla, uno en especial captó su atención, era sumamente grande y dedujo que se trataba del faro “Cabo de Home” uno de los más altos de toda Galicia. Su abuela le había hablado en muchas ocasiones de él, y de niño se imaginaba en lo más alto del faro. Fantaseando con que podía tocar las estrellas con sólo alzar su mano, sentir la calma del universo, el miedo al más allá e incluso alguna vez que otra su inocente imaginación de niño casto, creativo y por entonces soñador le había ayudado a imaginar como llegaban naves espaciales acompañadas de pequeños seres muy diminutos, que bajaban de sus pequeños y extraños amasijos de hierro con forma de sombrero y tomaban la playa de Rodeira.
La playa de Rodas le llamó profundamente su atención, era el vivo retrato de lo que él había imaginado durante años, gracias a sus abuela. Maravillado miraba como llegaban los barcos al muelle, contemplaba sus prístinas aguas, puras y carentes de todo tipo de movimiento era un placer poder gozar personalmente de tal visión. Observó todas las embarcaciones, advirtió el ir y venir de los pescadores a sus barcas con su cargamento de pescado. Allí fue donde vió por primera vez una batea, siempre imagino algo diferente cuando Carmen le hablaba de cómo se criaban los mejillones, en esas estructuras de hierro. Absorbía todo lo que podía percibir, como la esponja absorbe el agua, necesitaba quedarse con todo en la cabeza, sintiendo a cada momento la nostalgia, la tristeza de sentir que esa sería la única vez que fuera a hacerlo, como si supiese certeramente que nunca más volvería a visitar la maravillosa ciudad.
Llegada la noche trato de hacer lo que las gentes de más nivel económico hacían cada noche por aquel entonces y para ello visitó el famoso “Café Marina”, el café más antiguo de la provincia, por donde habían pasado durante muchos años, muchas cantantes y bailarinas intentando llegar al estrellato.
Esa fue la primera vez que escuchó la voz de Maria Banzo. Iván Karasnikof quedó cautivado por la voz de la joven, maravillado por la hermosura de su juventud y por la frescura inminente que la hacia brillar en la más oscura de las noches. Sentado en aquella mesa, en soledad, comenzó a pensar en lo maravillosa que era la voz que lo estaba absorbiendo por momentos, dedujo que Maria tendría unos diez o quince años menos que él, pero no le importó, seguía observando cada uno de sus gestos, cada uno de sus movimientos encima del escenario, extasiado por su esplendor.
Iván durante los siguientes días regreso al Café cada noche, su Vodka con hielo acompañado con un poco de agua, su cajetilla de tabaco y una rosa roja que él mismo compraba cada noche antes de entrar al café y que cuidadosamente colocaba cada noche en su chaqueta, fueron sus únicos acompañantes en la mesa.
La voz de Maria le transmitía calma, alegría, serenidad y muchas emociones que llevaba años sin sentir. Tal fue el reguero de sensaciones que éste percibía al escucharla cantar noche tras noche, que decidió en su tercera visita al Café, que quería conocer a la dueña de esa voz. Tras acabar el espectáculo se acerco al hombre que tocaba la guitarra junto a María cada noche y entregarle una nota.
Iván se dirigió serenamente hacia el guitarrista de aspecto demacrado, pero con un don perfecto en sus dedos.
-¡Hola! Me llamo Iván Karasnikov.
-José del Pozo; guitarrista y compositor. _ ¡Jajaja! _ ¡Oh, eso espero algún día señor! Un placer conocerle. ¿En que puedo ayudarle?
-Me gustaría saber si usted, ¿Podría entregarle una nota de éste humilde servidor a la señorita María Banzo?
-¡Por supuesto! La señorita María recibe notas cada noche.
-Deduzco por sus palabras que la señorita María tienes muchos admiradores. ¿No es así?
-¡Si los tiene señor! Pero la señorita Maria, rara es la vez que hace caso a los mensajes de sus admiradores.
-¡Gracias! Por su honestidad y un placer haberlo conocido.
-Igualmente Don Iván, que tenga una buena noche.
José del Pozo tenía la mirada perdida, cansada y triste pesé a que no tendría ni treinta años. Era alto como un pino y desgarbado, y en sus ojos reflejaba su problema como el rostro que se mira a través de un espejo y puede ver tras de sí.
En la nota que por supuesto José del Pozo entregó a María esa misma noche, tras acabar el espectáculo tan sólo había escrito;
Fría es su noche y extrema su soledad, tras un nuevo atardecer sombrío, se descuelgan los bandazos del final de un día más, en uno de sus menos días en Moscú.
En el verano de (1969) Iván Karasnikov decidió pasar sus vacaciones en Pontevedra al Noroeste de la Península Ibérica, en la pequeña localidad de Cangas del Morrazo. Había decidido realizar éste viaje con la intención de descansar, darse una tregua en su vida vacía incluso de problemas y por qué no conjeturar con sus propios ojos, la ciudad de la que tanto había oído hablar de niño.
Carmen, su abuela materna, partió a Alemania siendo adolescente por motivos laborales, pero había nacido en Pontevedra. Y pasase el tiempo que pasase, Carmen, jamás dejaría de avivar el recuerdo de su querida ciudad natal.
Desde que Iván era muy niño, Carmen, se había encargado de alimentar con pequeñas historias y con grandes recuerdos el interés de Iván por conocer la ciudad.
Iván tenía todo planeado con respecto a realizar ese viaje, era una persona de costumbres rutinarias, la monotonía de una vida entre las cuatro paredes de una oficina, lo habían convertido en un hombre solitario y de pocas palabras.
Iván no quería dejar nada en el tintero de los recuerdos que minuciosamente y con muchos años de escucha su abuela, se había encargado de introducir en su cabeza. Iván sabía más leyendas e historias gallegas que de su propia Moscú.
Antes de partir hacia su destino Iván ya había preparado un itinerario de lo que quería ver, hacer o simplemente no hacer, ni ver. Por el día tenía pensado recorrer todos los encantos de la bella ciudad, observar el caminar de sus gentes, percibir cada uno de los aromas que impregnaban la localidad y que en muchas ocasiones había creído percibir gracias a su nana. Recorrer sus playas y dejarse cautivar por la belleza de lo que la madre naturaleza había dejado allí en un estado salvaje de los más puro y digno, era uno de sus principales deseos.
De niño Iván solía recorrer mentalmente las playas de Cangas, imaginaba que eran de un blanco inmaculado y sus arenas tan finas que se podía sentir la paz y la tranquilidad de la que su abuela le hablaba, al caminar descalzo sobre ellas.
Iván llegó a Cangas del Morrazo la noche del (24 de agosto de 1969) coincidiendo con las fiestas Del Cristo, que tendrían lugar el último domingo de ese mes. Llegó al hotel “Mirador” situado en el casco histórico de la ciudad entre pequeñas calles estrechas y para él dotadas de un aire misterioso. Se instaló en la habitación (602) advirtiendo cada detalle de ésta, cada rincón de la misma lo devolvía a su niñez a través de las palabras de su ascendiente.
Apresuradamente telefoneó a recepción y pidió que le subiesen la cena a la habitación, el viaje había sido largo y quería descansar para aprovechar al máximo su primera mañana en Cangas. Degustó su primera caldeirada de pescados descubriendo, poco a poco, cuando comía merluza o cuando lo que tenía entre sus dientes era un trozo de rape, saboreando el albariño - diciendosé a sí mismo que era el mejor de los vinos blancos que hasta entonces había probado. Apenas le quedaba apetito, pero no podía dejar sin probar esa especia de tortilla cubierta con salsa naranja, que reposaba en el plato. Miró en la nota, que le habían subido y comprobó que eran filloas, algo que en realidad no le gusto mucho, puesto que si hubiera prestado más atención hubiera leído que estaban recubiertas de mermelada de melocotón, fruta que desde niño Iván no había consentido comer.
Quedó satisfecho tras la cena pesé a que el postre no había sido para nada de su agrado, cerró sus ojos entre la calma y la paz del momento y se dejó llevar en sueños por la magia del instante.
El primer amanecer de Iván en Cangas del Morrazo, daba su pistoletazo de salida a las siete cuando un bullicio tras las puertas de su habitación, le devolvía a la realidad. El grupo de adolescentes de Zaragoza de la habitación contigua, llegaba después de una noche de regodeo por la localidad.
El día comenzó con los gritos a los cuales no estaba acostumbrado. El día despuntaba entonces con lo que para él era algo diferente a lo habitual. Ese día no tendría que vestir con traje y corbata, no tendría que entrar en una oficina, con cara de personaje de cuento de terror y sentarse en su despacho para tan sólo firmar papeles o pararse a pensar en la causa de su soledad y de su vida vacía. Tampoco tendría que escuchar el murmullo de sus empleados cuando éste entrase por la puerta, dirección a su despacho. El día pintaba bien, para Iván Karasnikov.
Así que se calzó los vaqueros que sólo utilizaba los domingos, cuando bajaba a comprar el periódico y una barra de pan a ser posible muy cocido. Se vistió una camiseta en azul marino y unas deportivas blancas, y bajó a la cafetería del hotel a tomar su desayuno, eufórico como chiquillo con zapatos nuevos.
A primera hora de la mañana, había previsto visitar Las Islas Cíes a la entrada de la ría de Vigo. Una vez allí, observó entusiasmado un conjunto de playas, fauna y parques naturales de lo más bello; sin acreditar como parque natural por aquel entonces.
Con el paso de los años Las Islas Cíes se convertirían en una parada obligatoria, entre comillas, para la mayoría de las personas que visitasen Pontevedra.
La mañana estaba iluminada por un precioso sol que hizo posible que Iván pudiera ver hasta tres faros diferentes desde la Isla, uno en especial captó su atención, era sumamente grande y dedujo que se trataba del faro “Cabo de Home” uno de los más altos de toda Galicia. Su abuela le había hablado en muchas ocasiones de él, y de niño se imaginaba en lo más alto del faro. Fantaseando con que podía tocar las estrellas con sólo alzar su mano, sentir la calma del universo, el miedo al más allá e incluso alguna vez que otra su inocente imaginación de niño casto, creativo y por entonces soñador le había ayudado a imaginar como llegaban naves espaciales acompañadas de pequeños seres muy diminutos, que bajaban de sus pequeños y extraños amasijos de hierro con forma de sombrero y tomaban la playa de Rodeira.
La playa de Rodas le llamó profundamente su atención, era el vivo retrato de lo que él había imaginado durante años, gracias a sus abuela. Maravillado miraba como llegaban los barcos al muelle, contemplaba sus prístinas aguas, puras y carentes de todo tipo de movimiento era un placer poder gozar personalmente de tal visión. Observó todas las embarcaciones, advirtió el ir y venir de los pescadores a sus barcas con su cargamento de pescado. Allí fue donde vió por primera vez una batea, siempre imagino algo diferente cuando Carmen le hablaba de cómo se criaban los mejillones, en esas estructuras de hierro. Absorbía todo lo que podía percibir, como la esponja absorbe el agua, necesitaba quedarse con todo en la cabeza, sintiendo a cada momento la nostalgia, la tristeza de sentir que esa sería la única vez que fuera a hacerlo, como si supiese certeramente que nunca más volvería a visitar la maravillosa ciudad.
Llegada la noche trato de hacer lo que las gentes de más nivel económico hacían cada noche por aquel entonces y para ello visitó el famoso “Café Marina”, el café más antiguo de la provincia, por donde habían pasado durante muchos años, muchas cantantes y bailarinas intentando llegar al estrellato.
Esa fue la primera vez que escuchó la voz de Maria Banzo. Iván Karasnikof quedó cautivado por la voz de la joven, maravillado por la hermosura de su juventud y por la frescura inminente que la hacia brillar en la más oscura de las noches. Sentado en aquella mesa, en soledad, comenzó a pensar en lo maravillosa que era la voz que lo estaba absorbiendo por momentos, dedujo que Maria tendría unos diez o quince años menos que él, pero no le importó, seguía observando cada uno de sus gestos, cada uno de sus movimientos encima del escenario, extasiado por su esplendor.
Iván durante los siguientes días regreso al Café cada noche, su Vodka con hielo acompañado con un poco de agua, su cajetilla de tabaco y una rosa roja que él mismo compraba cada noche antes de entrar al café y que cuidadosamente colocaba cada noche en su chaqueta, fueron sus únicos acompañantes en la mesa.
La voz de Maria le transmitía calma, alegría, serenidad y muchas emociones que llevaba años sin sentir. Tal fue el reguero de sensaciones que éste percibía al escucharla cantar noche tras noche, que decidió en su tercera visita al Café, que quería conocer a la dueña de esa voz. Tras acabar el espectáculo se acerco al hombre que tocaba la guitarra junto a María cada noche y entregarle una nota.
Iván se dirigió serenamente hacia el guitarrista de aspecto demacrado, pero con un don perfecto en sus dedos.
-¡Hola! Me llamo Iván Karasnikov.
-José del Pozo; guitarrista y compositor. _ ¡Jajaja! _ ¡Oh, eso espero algún día señor! Un placer conocerle. ¿En que puedo ayudarle?
-Me gustaría saber si usted, ¿Podría entregarle una nota de éste humilde servidor a la señorita María Banzo?
-¡Por supuesto! La señorita María recibe notas cada noche.
-Deduzco por sus palabras que la señorita María tienes muchos admiradores. ¿No es así?
-¡Si los tiene señor! Pero la señorita Maria, rara es la vez que hace caso a los mensajes de sus admiradores.
-¡Gracias! Por su honestidad y un placer haberlo conocido.
-Igualmente Don Iván, que tenga una buena noche.
José del Pozo tenía la mirada perdida, cansada y triste pesé a que no tendría ni treinta años. Era alto como un pino y desgarbado, y en sus ojos reflejaba su problema como el rostro que se mira a través de un espejo y puede ver tras de sí.
En la nota que por supuesto José del Pozo entregó a María esa misma noche, tras acabar el espectáculo tan sólo había escrito;
“Hotel Mirador” Habitación 602
I. K.
I. K.
María hizo caso omiso al papel, puesto que recibía notas como esa día si y día no, como anteriormente José le había dicho a Iván. La nota no tenia nada de especial para Maria tan sólo una pequeña mancha en color rosado muy claro en un lado del papel captó su atención, pensando que por lo menos podía a ver utilizado un papel limpio, o al menos no derramar su bebida en éste, así que sin más acabo siendo el simple envoltorio de un caramelo que ya alguien se ha comido y acaba por no servir para nada.
A la noche siguiente Iván Karasnikof regresó al “Café Marina” en busca de la voz que lo había cautivado y efectivamente; ¡Ahí estaba María!, dotada de una gran fuerza interior encima del escenario, irradiaba una hermosura que la hacía casi intocable, su piel blanca como la nieve, se podía percibir fría como la misma. Su pelo negro como el azabache, largo y lacio cubría sus espaldas creadas con la perfección de un escultor de sueños creando la mejor de sus obras.
Esa noche escuchó cada una de sus canciones, siguió cada uno de sus movimientos encima de ese escenario que por supuesto no le hacía ningún tipo de justicia a María, El Café Marina era un local enorme situado en el corazón de la ciudad, exteriormente tenía buen aspecto, puesto que era de construcción antigua y apenas había sido castigado con el paso de los años, pero el interior brillaba por la ausencia de luz, por la falta de limpieza en las paredes, por la falta de detalles que lo hicieran algo menos lúgubre. El telón rojo roído en las zona de los lados y los bajos, denotaba una falta inmensa de recursos económicos, pero a pesar de todo, era el lugar más visitado cada noche por la gente de más alto poder adquisitivo.
Iván cerró sus ojos para poder sentir el calor que María desprendía y la imaginó completamente desnuda cosa de la que él mismo se ruborizó pues no había sentido esa sensación hacía muchos años. La imaginó sobre una colcha de seda roja, cubierta de pétalos de rosa, en tonos blancos. La imaginó como la musa perfecta del placer, posando para él, dejando que éste observase cada uno de los rincones de su cuerpo esculpido con el más mínimo de los detalles.
Nuevamente al final de la representación se acercó a José del Pozo, con paso firme y seguro aunque interiormente sentía como miles de agujitas se clavaban en sus pies y como un reguero de hormigas recorrían el interior de sus venas. Iván sintió por primera vez que estaba nervioso.
La mano temblorosa de Iván Karasnikof acercó una nueva nota a las manos de José del Pozo, el cual siempre a merced de María Banzo llevaría en cuestión de segundos. Iván advirtió que la mano de José temblaba más que la suya, y se atrevió a preguntar;
-¿Se encuentra usted bien?
-¡Sí! No se preocupe.
Rápidamente José desapareció de la vista de Iván como si tuviera que huir del lugar donde se acababa de cometer un asesinato.
José del Pozo entregó nuevamente una nota a María.
A la noche siguiente Iván Karasnikof regresó al “Café Marina” en busca de la voz que lo había cautivado y efectivamente; ¡Ahí estaba María!, dotada de una gran fuerza interior encima del escenario, irradiaba una hermosura que la hacía casi intocable, su piel blanca como la nieve, se podía percibir fría como la misma. Su pelo negro como el azabache, largo y lacio cubría sus espaldas creadas con la perfección de un escultor de sueños creando la mejor de sus obras.
Esa noche escuchó cada una de sus canciones, siguió cada uno de sus movimientos encima de ese escenario que por supuesto no le hacía ningún tipo de justicia a María, El Café Marina era un local enorme situado en el corazón de la ciudad, exteriormente tenía buen aspecto, puesto que era de construcción antigua y apenas había sido castigado con el paso de los años, pero el interior brillaba por la ausencia de luz, por la falta de limpieza en las paredes, por la falta de detalles que lo hicieran algo menos lúgubre. El telón rojo roído en las zona de los lados y los bajos, denotaba una falta inmensa de recursos económicos, pero a pesar de todo, era el lugar más visitado cada noche por la gente de más alto poder adquisitivo.
Iván cerró sus ojos para poder sentir el calor que María desprendía y la imaginó completamente desnuda cosa de la que él mismo se ruborizó pues no había sentido esa sensación hacía muchos años. La imaginó sobre una colcha de seda roja, cubierta de pétalos de rosa, en tonos blancos. La imaginó como la musa perfecta del placer, posando para él, dejando que éste observase cada uno de los rincones de su cuerpo esculpido con el más mínimo de los detalles.
Nuevamente al final de la representación se acercó a José del Pozo, con paso firme y seguro aunque interiormente sentía como miles de agujitas se clavaban en sus pies y como un reguero de hormigas recorrían el interior de sus venas. Iván sintió por primera vez que estaba nervioso.
La mano temblorosa de Iván Karasnikof acercó una nueva nota a las manos de José del Pozo, el cual siempre a merced de María Banzo llevaría en cuestión de segundos. Iván advirtió que la mano de José temblaba más que la suya, y se atrevió a preguntar;
-¿Se encuentra usted bien?
-¡Sí! No se preocupe.
Rápidamente José desapareció de la vista de Iván como si tuviera que huir del lugar donde se acababa de cometer un asesinato.
José del Pozo entregó nuevamente una nota a María.
“María tengo que partir de nuevo a Rusia, exactamente dentro de diez días regreso a Moscú. Perdona si te parezco demasiado libertino, pero no es mi intención que lo creas así. No dejes que éste corazón solitario, se aleje de tu vida sin haberme dado la oportunidad de mirar tu hermosura de frente, de oír en el más puro de los silencios tu voz, cantando sólo para mí. Un enorme abrazo mi querida María” .
“Café Marina” Pontevedra, 1969
I. K.
“Café Marina” Pontevedra, 1969
I. K.
(Continuará ...)
Capítulo 1 (Sentimiento de culpa)
Lilian, marzo 2011


Muy bueno , esto para cuando el 2º capitulo? espero sea pronto esto engancha
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